El objetivo de las políticas públicas prioritarias con enfoque de género debe ser tanto reducir la pobreza como la vulnerabilidad de las mujeres. La vulnerabilidad, definida por Chambers en 1989, como el proceso creado por las condiciones que producen daños en el bienestar y que se van acumulando. Una primera pregunta que cabe hacerse aquí es ¿cuáles son esas condiciones que dañan el bienestar de las mujeres? Para encontrar la respuesta, podemos indagar en las estructuras de desigualdad que se reproducen en la praxis cotidiana: precariedad laboral, marginación, violencia, etcétera.
Al observar con empatía sorora, se hace evidente que la carga laboral, doméstica, mental y emocional de las mujeres está atravesada por la clase. Porque la feminización de la pobreza significa también la vulneración de la vida de las mujeres; es decir, la reducción cotidiana de su bienestar en un sistema donde para ellas éste aún no ha sido engendrado. ¿Qué significa “bienestar” para las jornaleras agrícolas, las obreras, las empleadas domésticas y quienes pertenecen a otros trabajos precarios? ¿Cómo podemos hacer observable lo que, se sospecha, pero todavía permanece invisible?
En principio hay que observar – tan distante como nos permita la alteridad, pero tan cercano como nos precise la sororidad- el discurrir de la vida cotidiana de estas mujeres: observando su uso del tiempo. Es decir, mirar y después registrar, en qué gastan su tiempo las mujeres como ellas: ¿cuánto en el trabajo remunerado? ¿cuánto en el doméstico no remunerado? ¿cuánto en los cuidados? ¿cuánto guardan de tiempo para ellas? ¿cuánto para lo más elemental como comer y dormir? Y con estas preguntas en mente, hagamos el ejercicio de pensar que las respuestas están atravesadas por la pobreza, la precariedad, la marginación y la violencia.
El tiempo como uno de los recursos de las mujeres, tanto porque trabajen como jornaleras, obreras, empleadas domésticas, etcétera, o porque su trabajo se desarrolle dentro de los confines del hogar, sus responsabilidades están definidas por su cualidad de madres, hijas y esposas, se arraigan en la costumbre y se sostienen en la estructura de desigualdad. El uso del tiempo de las mujeres está signado por las diferencias y desigualdades de género, y atravesado por las condiciones de su clase social.
La importancia de observar, registrar y analizar el uso de tiempo de las mujeres en contextos específicos es para conocer y, en la medida de lo posible, visibilizar, cómo la carga cotidiana en el tiempo de las mujeres alimenta su vulnerabilidad hasta hacerla irreversible.
Este ejercicio de observación y de reflexión inició cuando conocí a Amparo en una localidad rural del estado de Puebla. Amparo era una mujer que hacía frente a las necesidades, desplegando su fuerza laboral, ya fuese como empleada doméstica o, en ocasiones, como jornalera agrícola; ambos, signos de la precariedad laboral. El trabajo, cualquiera que fuese su forma, era el contenido usual de su tiempo: se levantaba a las cinco de la mañana para preparar en su estufa de leña el almuerzo que su cónyuge -campesino- llevaría al campo, preparaba el desayuno que tres de sus seis hijos tomarían antes de ir a la escuela; los levantaba y los vestía. Amparo salía de su casa sin tomar desayuno, aunque a veces se comía un pan en el camino. El trayecto de su localidad a la capital donde trabajaba como empleada doméstica, podía durar dos horas o dos horas y media. Su jornada de trabajo comenzaba aproximadamente a las 10:30 y termina a las 17:00 horas. Durante la jornada no comía ni tomaba agua, “todo sea por ahorrar tiempo y no usar el baño de los patrones”.
Amparo trataba siempre de abordar el autobús que la llevaría de regreso a su localidad a las 18:00 horas, para que a más tardar llegara a su casa a las 21 horas y le diera tiempo de llegar a tortillear (término utilizado para referirse a la elaboración de tortillas), preparar la cena, “dar de comer”, calentar el agua para que se bañara su hijo mayor y bañar a sus hijos pequeños. La cena sería la comida principal que harían todos los miembros del hogar durante el día y muy probablemente la única para ella. Amparo cenaba después de que todos lo habían hecho, y casi siempre lo hacía sola, mientras en el fogón se calentaba el agua para bañarse. Ella, además de ser la primera en levantarse al amanecer, era quien se dormía cuando al día ya no le quedaban horas: “para entonces ya me dieron las doce de la noche, ya, otra vez, el nuevo día ya me alcanzó”.
Una vez, hablando sobre la manera en que transcurría su vida cotidiana y las condiciones de su salud, me dijo “yo no tengo tiempo para la enfermedad ni para la tristeza, yo tengo que trabajar”. Amparo murió a los 46 años de cáncer y con diabetes.
Está breve descripción presentada, oculta el alcoholismo y las historias de infidelidad de su cónyuge, pero es un intento de situar en una realidad concreta la vulnerabilidad y su reproducción en la praxis cotidiana, que sucede en un sistema donde el bienestar de las mujeres está todavía ausente, que engendra vulnerabilidades y enfatiza sus desventajas.
Esta reflexión la hago pensando en las mujeres como Amparo: su intensidad y agotamiento oculto fueron mis grandes motivaciones para registrar y visualizar la vida de las mujeres rurales en contextos de pobreza. Registrar la vida que se fuga por el desvelo, el ayuno, los infinitos trayectos de su vida; y el trabajo, siempre el trabajo. Todo ello para llegar siempre a tiempo a la vida de los otros.
Cecilia Salgado Viveros
El Colegio de la Frontera Norte, Estancia Postdoctoral
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